Mi primera semana de guardia

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Todos aquellos que dedicamos nuestra vida a la Medicina coincidimos en 3 cosas en cuanto a guardias se refiere. La primera es que es el periodo en el que nuestro aprendizaje crece exponencialmente en un tiempo relativamente corto, gracias a la práctica y al peso de la responsabilidad que nos regalan esas horas en las que el paciente y la necesidad son nuestros dueños. La segunda, nos cuestionamos los primeros días (como en ciertos puntos a lo largo de nuestra carrera) el por qué decidimos prestar nuestra vida y comodidad a una profesión que algunos califican de ingrata; y la tercera, la cual nos importa más en este momento es, que nuestros primeros días (o noches) dándole uso a nuestras pulcras batas en un hospital, pasan por nuestra retina, llegando a nuestro cerebro y grabándose, consiguiendo después de muchos años evocar esos recuerdos sin el mínimo esfuerzo y poder recitarlos con todo lujo de detalles como haré en las próximas líneas.

No es secreto que en todos aquellos recintos en los que se trazan líneas entre la vida y la muerte, como hospitales, cementerios, asilos, manicomios y demás entidades,  se crean historias y mitos acerca de sucesos tildados de poco probables y de cuestionable credibilidad. Sin embargo, hay varios de estos cuentos que deberían ser tomados con un poco mas de seriedad.

La primera noche de mi guardia —un lunes recuerdo- avanzó sin muchas cosas que resaltar. Fue coser y cantar, en un sentido casi literal, ya que lo único que hice fue suturar a 4 personas que llegaron por alguna herida. El caso más difícil fue una mano herida por una botella de cerveza, por lo que supongo que esa noche tuve realmente suerte. Tras acabar con el tercer paciente ya eran las 3:13 am, cualquiera daría una fortuna por retirarse a la habitación que usamos los médicos de guardia y dormir un rato. Sin embargo yo no, ¡oh no! Era mi primera noche en el hospital, así que me empujaban las ansias de hacer algo con mi tiempo, no me quedaría quieta hasta que mi relevo llegara, e incluso sabia que me quedaría unas dos o tres horas más, sólo para poder sentir que por fin estoy haciendo aquello para lo que estuve estudiando tantos años. En lugar de dirigirme a la habitación a esperar una nueva llamada, decidí recorrer el hospital y trataría de conocer cada uno de los más recónditos rincones del lugar en el que me encontraba sintiéndome a mis anchas. Comencé a recorrer todas las salas que tenia la Emergencia, observando pacientes, equipos de ventilación, charlando con alguna de las enfermeras. Incluso llegué a entablar amistad con una de ellas, la Licenciada Carla. Una señora de unos 42 años, de baja estatura y un tanto robusta, usaba el cabello al ras de los hombros y un poco desordenado, puesto que le molestaba llevar una coleta como hacia la mayoría de sus compañeras. Después de una conversación sobre nimiedades de la vida y particularidades de mi época de estudiante, le comenté sobre mi interés de recorrer todo el hospital a esas horas, por simple curiosidad.

—¡Ay! Señorita  —me dijo con cara de incredulidad- ¿Cómo se le ocurre estar paseando a estas horas por el hospital? ¿Acaso no le da miedo encontrarse con un asaltante, o peor aún con una de esas historias que rondan el hospital?

—¿Historias? Espantos querrá decir usted– le respondí, tratando de sonar lo más confiada posible. No daba crédito a sus palabras, entendía su miedo a personas malintencionadas. ¿Pero realmente hablaba de “espantos” una señora estudiada como ella?

— Si usted quiere llamarlos así… Se escuchan muchas historias en este hospital, gente que escucha pasos tras ellos cuando están solos en los pasillos, enfermeras escuchando lamentos desde habitaciones desocupadas, carcajadas en el piso de Oncología Infantil cuando todos los niños están dormidos, hombres que piden la hora y desaparecen cuando bajas la mirada a la muñeca, alguna monja que se aparece junto a las camas de los moribundos, e incluso ladridos en las zonas de aseo de los médicos…

La licenciada siguió contándome historias, pero mi mentalidad científica ya había cerrado mis oídos por lo que solo asentía y trataba de lucir interesada mientras pensaba en lo cansada que debía estar la pobre mujer que tenía ante mis ojos para decir tantas sandeces.

—¿Ladridos? – respondí al cabo de un rato- ¿En serio? ¿Me va a decir usted que también hay fantasmas de perros dentro de un hospital? ¿No cree que alguien pueda haber estado escondiendo a su mascota en alguno de los casilleros o algo así?

—No señorita, ya han revisado varias veces buscando conseguir algo, pero no consiguen nada…

—¿Y usted ha visto algo de lo que me describe?

—Pues no – replicó un tanto desarmada por mi pregunta – Pero no hace falta ver esas cosas para creerlas, ¿no cree?

—Quizás usted tiene razón – respondí tratando de sonar creíble mientras pensaba lo tonta que era esa conversación.

A las 3:32 dejé a mi estimada Carla haciendo su rutinaria ronda mientras yo decidí explorar lo que pudiera antes que alguien más me diera otro sermón paranormal. Me paseé por casi todas las áreas que conocía: Oncología, Emergencia, Radiología (bastante vacía a esa hora), Medicina Interna, UCI. Me encontraba disfrutando del silencio que brindaban algunas áreas, y tratando de acostumbrarme al sonido de los aparatos que ayudaban a pacientes comatosos a respirar. Cuando llegué al ascensor del 3º piso decidí ver si me atrevía a entrar a la morgue a esas horas, más como una prueba a mí misma que otra cosa. Tomé el ascensor y bajé al piso en el cual se encontraba el intimidante salón con el pequeño letrero que dictaba morgue en la entrada. Recorrí los pasillos tratando de recordar el camino de vuelta al ascensor para poder irme en caso de que me necesitaran en mi puesto de trabajo. Una vez frente a la puerta de la sala de cadáveres, me sentí un tanto dudosa en si debería o no atravesar esas puertas. Recuerdo que me obligaba a pensar objetivamente, y traer a mi mente excusas que decían que estaba muy oscuro adentro. Supongo que quizás si me sentía un poco incomoda y ya no me sentía tan temeraria; al mismo tiempo empecé a recordar las historias que me contó Carla hacía unos minutos, y de alguna forma ya no quise entrar a la morgue. Sin darme cuenta, ya estaba esperando al ascensor tras mover mis pies rápidamente uno tras otro, pero sin correr para jurarme a mi misma que no habían calado en mi las historias de la enfermera. Por suerte subí a tiempo a mi piso correspondiente porque estaban a punto de llamarme para realizar la última sutura de esa noche.

Mi segunda noche fue otro día de la misma semana, pero por alguna razón fue después del que me correspondía. Sin embargo, de esa noche no tengo mucho que decir. Fue algo más ajetreada que la primera y no hubo mucho tiempo para descansar, y el poco que hubo lo usé para tomarme algún café y escuchar algunas anécdotas de la licenciada Carla.

Y así llegamos a lo que sería el preludio al culmen de mi relato: mi tercera noche. Otra vez puedo decir que tenía el numero ganador ya que el trabajo fue prácticamente nulo. Esa noche decidí irme a descansar un poco en la habitación, pero, estando acostada me di cuenta de lo cobarde que había sido el primer día. ¿Cómo puede ser posible que yo, una muchacha graduada con honores, capaz de diagnosticar en mi precoz carrera un número considerable  de enfermedades, habiendo hecho 3 entubaciones exitosas, y con más experiencia consiguiendo venas que todos mis compañeros juntos, iba a dejar acobardarme por unas cuantas historias de fantasmas inventadas por las almas ociosas del personal que me precedió en este hospital, los cuales al parecer tenían mucho tiempo libre?

Así que decidida a demostrarme lo valiente que era y decidí entrar a la morgue. Por lo menos podría llegar al fondo de la habitación y pasar algunos minutos en la sala para poder engrandecer mi ego cuando al día siguiente pudiera contarle a Carla lo atrevida que fui y ganarme una imagen quizás heroica entre el resto de mis compañeros por mi gran hazaña. Comencé a caminar, dejé que mis pies me llevaran, mi mente sólo maquinaba los elogios que saldrían de la boca de mis congéneres. Y sin saberlo ahí estaba, frente a un cartel algo decolorado y amarillento que se dejaba leer “MORGUE” con unas letras desgastadas por el tiempo. Sentía que ese cartel había visto caras atemorizadas frente a él desde mucho antes de que yo hubiese decidido nacer. Otra vez estaba enfrentándome a esa tenue puerta mal iluminada, con un par de ventanas que mostraban una oscuridad tan llena de silencio como las fauces de una bestia que se sienta a esperar que sus presas entren solas llamadas por la curiosidad y reciban su justo castigo. Mi mente empezó a volar otra vez, y repasaba todas y cada una de las palabras que dijo la enfermera en mi primera noche de guardia. Intente dar un paso adelante pero mis piernas se mostraban bastante indecisas y renuentes a moverse. Sin embargo mis manos se mostraban impacientes y trémulas. Se acercaron con creciente nerviosismo al pomo de la puerta y lo hicieron girar. El portal comenzó a abrirse, mis ojos tras estar un buen rato bajo la penumbra del marco de la puerta ya se estaban adaptando y comenzaban a mostrarme unas figuras un tanto perturbadoras pero inclasificables dentro de la oscuridad; agudicé mis oídos y juro que casi podía oír los latidos de mi corazón, ¡CRIIIII!, riñó la puerta. De pronto un sonido que desencajaba con el ambiente rompió el silencio, mi sobresalto fue tal que di un golpe y cerré la puerta…Había sido sólo mi teléfono, me llamaban desde mi piso, había llegado un paciente y me necesitaban urgentemente. Repliqué que estaría ahí en 5 minutos, pero recalcaron la urgencia del asunto y solicitaron mi presencia ipso-facto. Me di media vuelta y comencé a correr por los pasillos, sólo escuchaba mis apuradas zancadas que resonaban en las paredes del edificio. Era mi primera semana y mi impresión debía ser la mejor, así que corrí lo más rápido que pude. A pesar de ello parecía que mis pies no respondían porque iba más lento de lo que hubiese querido ir. Con algo de esfuerzo llegué al ascensor y pulsé el botón para llamarlo; mi cuerpo estaba al borde, me incliné hacia adelante para poder recuperar el aire, mi corazón estaba más acelerado de lo que pensé que podría estarlo nunca. Mis oídos zumbaban por el esfuerzo al cual sometí a mi cuerpo en la carrera, pensé que había pasado una eternidad desde que había estado en la puerta de la morgue, pero al levantar mi brazo y observar mi reloj me di cuenta que solo habían pasado 3 minutos. ¡DING!, sonó el ascensor al alcanzar el piso, seguía enfrascada en las agujas de mi reloj cuando las puertas empezaron a abrirse.

Levanté mi cabeza y miré al interior de la caja que me llevaría hacia mi trabajo. Justo cuando sentía que mi corazón no daría más, me llevo una sorpresa al ver que mis pulsaciones se aceleraron tanto que podía escucharlas claramente en mis oídos ¡DUM DUM, DUM DUM! Mis piernas saltaron tan atrás como pudieron, y mi boca se abrió automáticamente tratando de dejar salir el sonido que quería producirse en mi garganta, desgraciadamente mis cuerdas vocales se paralizaron y únicamente salió una bocanada de aire inarticulada y llena de terror. Poco faltó para que mis esfínteres perdieran el control e incluso devolviera el café que había tomado hacia 20 minutos; por fin mi voz decidió aflorar de lo más hondo de mi cuerpo para estallar en un grito desesperado que rompía toda la tranquilidad del edificio, llegando a resonar hasta en los cimientos del mismo. En el momento que las puertas se abrieron y mi atención se desvió de mi reloj al contenido del elevador, el tiempo se detuvo. En todo el medio del ascensor había una figura vestida enteramente de negro excepto por un gorro de un impoluto blanco que coronaba su cabeza, y una especie de delantal que llevaba el mismo color y servía de fondo para un grueso crucifijo de madera que colgaba de su cuello. Tenía un libro (el cual quiero pensar que era una biblia) en una esquelética y pálida mano, cuya delgadez la hacía similar a una raquítica araña gris, arqueada, lista para saltar y clavar sus colmillos en algún desamparado. Su cara tenía el mismo color innatural y tan falto de vida, su boca estaba abierta en una grotesca mueca que mostraba una oscuridad tan silenciosa como la morgue misma. Sin embargo esta silenciosa penumbra que estaba entre sus corroídos dientes era rota por un lamento visceral que entraba por mis oídos y me revolvía el estómago haciendo que el poco contenido que había en él luchara por salir. También consigo recordar su respiración, ¡oh Dios!, ese sonido que salía de sus entrañas, era exactamente igual al que hacían las máquinas que respiraban por los moribundos pacientes en algunas de las camas de Cuidados Intensivos. Tenía la cara tan pálida como la muerte; sólo la ayudaban a acentuar sus ojos, esos ojos tan faltos de brillo, color y vida, pero tan llenos de juicio. Tenían su mirada perdida en el vacío, veían pero no miraban. Permanecieron inalterados hasta que las puertas del ascensor se volvieron a cerrar llevándose consigo a esa suerte de novicia.

Después de lo que pareció una eternidad (quizás 20 0 30 minutos), logré aparecer ante la dueña de la voz que urgía de mi presencia poco tiempo atrás. Tengo que decirles que mi herida valentía me permitió subir exclusivamente por las escaleras, casi calculando cada uno de mis pasos. Tras llegar a mi estación de trabajo, vi que la emergencia ya había pasado y mi presencia había sido suplida por alguien más en el momento en el que era necesaria. No recibí ningún regaño, en cuanto Carla vio la palidez de mi rostro supo lo que había sucedido.

 

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