El Muro de Lealtades

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La lealtad es la fidelidad o devoción de una persona hacia una causa, idea, estado o persona. Es una cualidad tradicionalmente muy valorada por toda sociedad, tanto desde un punto de vista religioso como ético. Pero, ¿qué ocurre cuando esa delgada línea que separa la incondicionalidad de la irracionalidad transforma la lealtad en un fanatismo tenaz y obtuso? En Venezuela, estamos comenzando a vivir en carne propia la respuesta a esa pregunta.

Si de algo puede jactarse la sociedad venezolana, es de haberse convertido en un hervidero de emociones, del que puede destilarse un coctel de conclusiones. Una especie de laboratorio sociológico a gran escala en el que se pueden estudiar las más extremas emociones humanas y su papel en el rumbo a tomar de las sociedades. Desde el más incondicional amor, hasta el más profundo odio conviven día a día en las calles de Venezuela, uniendo a unos pocos y separando a millones. La lealtad, como actitud humana, no ha escapado a este ambiente de polarización y degradación.

Las dos mitades que forman nuestro país, están separadas por un muro más semántico que ideológico, que con acuciosa laboriosidad, los extremos de ambos lados se encargan de reforzar día tras día, amparados ambos bajo la supuesta lealtad a causas que no terminan de comprender y a personas cuyo legado no vale la pena defender.

Lo que vemos hoy en Venezuela es una lealtad transmutada, desarmada y vuelta a armar, convertida en fanatismo. Un fanatismo que por un lado se regocija en la sumisión, en la gracia de pasar trabajo, la virtud de adaptarse a la crisis, una perversa forma de resiliencia social que no ha hecho más que degradar a una parte de la población, convirtiéndola en ciegos defensores de un modelo fracasado.  Por el otro lado y aunque no lo queramos admitir, la lealtad hacia la libertad, hacia nuestra herencia republicana se ha ido manchando con resentimiento y odio, consecuencias inevitables, mas no justificables de más de una década de opresión; con fanatismos personales idénticos a los que nos decimos oponer, que hoy por hoy amenazan con dejarnos tan ciegos como a quienes criticamos. Es tal la corrupción de nuestro país, que ya trascendió lo tangible y empapa ahora las ideas, los valores y las creencias del venezolano.

La única forma de salir del aparentemente inacabable abismo al que sin pausa cae nuestro país es haciendo de un lado las lealtades absurdas e irracionales que defendiendo lo indefendible, se apilan como bloques que de lado y lado elevan las paredes del muro que nos separa, un muro que aunque no hayamos construido, tenemos la obligación de ayudar a demoler.

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